martes, 29 de abril de 2008

El lirio sagrado (parte 2)



2


- Bruni. –su voz sonó somnolienta al descolgar el teléfono. – ¿Qué sucede? – Su silencio le cedió la palabra a su interlocutor y el mensaje le hizo abrir los ojos de par en par para permitirse volver a cerrarlos en un ceño fruncido de sorpresa. –Voy para allá. –concluyó cerrando la tapa de su teléfono móvil para terminar la conversación.


Se permitió un minuto más sentado en la cama para terminar de desperezarse. Miró los números rojos del despertador de su mesilla, que marcaban las 7:13 de la mañana. Aquella llamada desde la comisaría había interrumpido los últimos coletazos de una pesadilla que había provocado que el sudor acudiese a su frente horas antes. Se levantó a refrescarse la cara mientras trataba de recordar qué había en el sueño que tan mala noche le había dado. Fue imposible. El ring del teléfono había borrado todo vestigio de su cabeza.


Tras una ducha rápida vistió unos pantalones chinos y un jersey de punto bastante grueso. Se colocó la funda de la pistola en su lugar y guardó la placa en el bolsillo interior de su gabardina.
La calle lo recibió con una mañana fría y blanca, de esas en las que el calor de la casa se convierte en el imán más poderoso para la invención de excusas baratas que permitan faltar al trabajo ese día.
La calefacción del coche todavía tardó un poco en permitirle destensar los músculos del cuerpo mientras el motor rugía sobre la carretera.


Se dirigió a los suburbios de la ciudad. Según se iba acercando al destino marcado, un lejano sonido de sirenas fue haciéndose más audible, hasta que el reflejo naranja y azul de sus colores bailó sobre el ladrillo de las fachadas de los edificios.

El viejo volvo de Joaquín Torbes estaba aparcado en doble fila detrás de un coche patrulla a partir del cual comenzaba el remolino de mirones típicos de estas ocasiones.
Tras estacionar, logró atravesar la muchedumbre hasta la barrera policial marcada por una simple cinta de plástico de colores chillones.


- ¡Bruni! –llamó Torbes apareciendo por la boca de un callejón, seguido de unos cuantos agentes que zumbaban a su alrededor como las moscas detrás de la cola de un caballo. Leonardo lo saludó con la cabeza y se acercó a él para recibir el primer informe, sin duda con una buena dosis de su estúpida subjetividad. – Por aquí. Es mejor que lo veas por ti mismo. Creo que te resultará un tanto familiar. –vaya, por una vez había rehusado la oportunidad de soltar uno de sus discursitos de adelantado. La mañana se ponía interesante.


Tras doblar la esquina en dirección nuevamente al callejón, un rastro de sangre diluida en los charcos que la lluvia había formado sobre el irregular pavimento del asfalto le marcó el camino visual hasta el lugar del crimen. No pudo evitar que un escalofrío recorriese su espina dorsal. Los agentes habían iluminado el escenario con grandes focos debido a la oscuridad que proyectaban los altos edificios que cercaban la estrechez del callejón aún durante el día. Detrás de una escalerilla de emergencia un tanto oxidada, el cuerpo de un hombre colgaba sujeto por un machete de cocina que aprisionaba el cuello de su chaqueta contra la pared. Sus pantalones estaban bajados, cubiertos de la sangre que goteaba desde su miembro seccionado. Su pecho aparecía desnudo y, como en la ocasión anterior, unas letras escritas con sangre lo cubrían desde los pectorales hasta el ombligo.


- ¿Qué te parece? –preguntó Torbes dando por supuesto que la primera observación había llegado a su fin. Leonardo se mesó la barbilla raspante por una barba nacida.
- Lo mismo que a ti, supongo. Me temo que tenemos un asesino en serie. – concluyó con un largo suspiro sorteando los grandes cubos de basura para acercarse un poco más al cadáver. -¿Ya tenemos su identificación?
- La víctima era un hombre llamado Ricardo Sánchez, colombiano, 41 años. –una voz masculina, pero más joven que la suya propia, recitó la información a su espalda. Bruni se giró para ver a su ayudante, el subinspector Miguel Ángel Tabarés, que leía anotaciones escritas en una pequeña libreta. -Trabajaba en ese restaurante de ahí. –su dedo índice señaló la puerta trasera de un local desde la que varios hombres ataviados con gorros y sucios delantales de cocina observaban la escena. –El jefe de cocina fue quien encontró el cuerpo esta mañana al sacar la basura. Ya he hablado con él y en cuanto ordene lo llevaré al cuartel para tomarle declaración.
- ¿Te ha contado algo sobre algún posible sospechoso? ¿Algún comportamiento extraño ayer? ¿Algo que pueda ayudarnos? –preguntó Torbes.
- Poca cosa. El hombre llevaba ya casi un año trabajando como ayudante de cocina. Según el encargado era un tanto conflictivo, dado a la provocación fácil y a las peleas, pero últimamente parecía bastante calmado tras un par de amenazas de despido. Ni él ni ninguno de los demás trabajadores recuerda que tuviera trifulcas con ningún cliente o allegado al local en los últimos días.
- ¿Familia? ¿algún contacto más cercano?
- Sus padres viven en Colombia. Ya han sido avisados y pronto llegarán a la ciudad para recoger el cuerpo tras la autopsia. Aparte de ellos los únicos con quienes mantenía contacto eran tres hombres con los que vivía en un piso muy cerca de aquí. Ahora mismo los están interrogando.
- ¿Algún otro testigo que viera o escuchara algo? –preguntó Leonardo tratando de memorizar y ordenar todos los datos que el joven le iba dando.
- No, nadie parece haber escuchado nada. La basura se recoge en torno a las cinco de la mañana por esta zona y la llamada del encargado a la policía se registró a las seis y treinta y nueve minutos de la mañana. Si avisó inmediatamente como dijo, el asesinato debió de llevarse a cabo entre las cinco y las seis y media. A esa hora esta calle está prácticamente desierta.


El joven terminó su notificación y se mantuvo en silencio a la espera de órdenes, mientras Leonardo se agachaba frente al cuerpo, sobre el que una forense que recogía una muestra de sangre del pantalón manchado enrollado al final de las piernas. El inspector se fijó en la sección del pene y la observó con el ceño fruncido.


- Corríjame si me equivoco, pero este corte no parece haber sido producido por el machete. –dijo dirigiéndose a la investigadora.
- Desde luego que no. De haber sido seccionado con un arma de filo metálico el corte habría sido totalmente limpio. –asintió pasando la yema de su dedo enguantado en látex por el borde de la herida. –La autopsia nos ayudará a determinar qué fue lo que se utilizó para seccionarlo, pero si quiere mi valoración personal… yo diría que se trata de una buena mordedura. –añadió. Bruni la miró un tanto atónito.
- Quiere decir…
- Que fue arrancado con los dientes. –terminó la frase ella misma. –No puedo decírselo con seguridad hasta que no lo examine con más detenimiento, pero estoy casi segura. Es la misma impresión que tengo del cadáver que llegó al depósito antes de ayer, el del joven de la discoteca. Hemos descartado ya todas las armas posibles, y la hipótesis que le estoy planteando parece ya la más probable. – De nuevo, Leonardo ahogó sus cavilaciones con el rascar de su barba bajo sus dedos un tanto horrorizado interiormente por la imagen que automáticamente se hacía su cabeza ante las palabras de la forense.
- ¿Cuándo tendrá listas las autopsias? –le preguntó.
- Iba a pasarle el informe del primer cadáver esta tarde, pero si me lo permite me gustaría esperar a comparar los dos casos. No hay duda de que tienen relación. –pidió la mujer. Leonardo asintió levantándose y acompañándola hasta la ambulancia mientras dos hombres descolgaban por fin el cuerpo.
- Si no tiene inconveniente me gustaría estar presente cuando haga la autopsia. Esta tarde me pasaré por el depósito. –anunció mientras ella se quitaba los guantes.
- Lo esperaré. Pregunte por Alejandra Esteban. Una vez se hubieron despedido, dio orden a su ayudante para tomar declaración a los testigos y él mismo volvió a su coche para encaminarse a su despacho.


El vestíbulo de la comisaría era un hervidero de gente, para variar. Aquella era una ciudad tan grande como altos sus índices de delincuencia, y todos los días se formaban largas colas en las ventanillas de solicitud de demandas con las que tropezaban los delincuentes esposados que los agentes llevaban a tomar declaración.


Incómodo, sorteó como pudo el bullicio y subió a la tercera planta por las escaleras para evitar las forzadas conversaciones de ascensor. Al final del pasillo de la izquierda, su nombre apareció impreso sobre el traslúcido cristal de la puerta de su despacho.


Colgó la gabardina y la funda de su pistola sobre el perchero que había detrás de la puerta y se sentó en su amplia butaca. Sobre la mesa, meticulosamente ordenada en comparación con la mayoría de las mesas de sus compañeros de profesión, había un vaso de café de tamaño grande y una caja que despedía un rico olor a donut.


- “Debería subirle el sueldo a este chaval”, -pensó Leonardo adivinando que había sido su ayudante el responsable de aquel detalle. Dio un largo sorbo al café bien cargado para despejarse y prepararse para el intenso día de trabajo que le esperaba. Mientras daba un mordisco al bollo, se oyó un sordo golpeteo de nudillos contra su cristal provenientes de la oscura silueta que se desfiguraba en el cristal. -¿Sí? –invitó masticando todavía. La puerta se abrió y un agente entró dejándole un sobre encima de la mesa.
- Son las fotografías del escenario del crimen. Enseguida estarán listos los informes de las declaraciones. –anunció.
- Gracias. Puede retirarse. –dijo limpiándose las manos con una servilleta.

Remojó aquel último bocado que todavía le daba sabor en su boca con otro trago largo de café y se dispuso a retomar el trabajo. Puso el sobre bocabajo y dejó que las fotografías se esparciesen por la mesa, repartiéndolas bien para que ningún detalle quedase oculto. De una bandeja cercana extrajo también las fotografías del crimen de hacía dos días y las colocó al lado de las otras. Desde luego, las similitudes saltaban a la vista. No había duda de que el modus operandi era el mismo, lo que hacía suponer que el asesino o asesina también. Paseó la vista por las imágenes dejando que su subconsciente tuviese libertad de captar cualquier detalle que le llamase la atención fuera de lo inicial. Por fin, sus ojos se pararon en una fotografía. Era del crimen anterior. En primer plano aparecía el pecho escrito con sangre. La cogió entre sus dedos y la miró.


- En la noche oscura. –repitió. Rápidamente, buscó entre las fotografías más recientes la correspondiente a aquella del nuevo crimen y la alzó con la mano derecha, leyendo. –El lirio sagrado.


Frunció el ceño. En la escena no había reparado demasiado en la frase, y ahora que la leía todavía le encontraba menos significado que la noche anterior. La primera vez había planteado la posibilidad que la frase pudiese referirse al momento en el que el asesino ejecutó su crimen, aunque no lo encontraba del todo probable. Un comportamiento así es típico de una mente perturbada, aunque sumamente inteligente, que deja ese detalle como seña, incluso como burla. Este nuevo mensaje descartaba del todo su teoría y lo sumía en la completa inopia.


- ¿Qué demonios significará esto? –se dijo observando de nuevo la fotografía. Una nueva llamada a su puerta lo sobresaltó.
- ¿Me permite, inspector? –era Tabarés.
- Pasa. Gracias por el café. Lo necesitaba. –le dijo. -¿Ya ha terminado los interrogatorios?
- Enseguida tendrá los informes, pero creo que tendré un nuevo testigo que investigar. –anunció. Leonardo alzó la vista y lo contempló con interés renovado. -Una chica acaba de presentarse en la comisaría para poner una denuncia por violación y acoso. Nada fuera de lo común. Sin embargo, la descripción del violador coincide con la de nuestra víctima. Además… -dijo dejando una pequeña caja sobre la mesa. –creo que debería echarle un vistazo a eso. La joven se lo encontró esta mañana sobre la repisa de su ventana.
Intrigado, el inspector abrió la caja y dejó escapar un suspiro de exclamación. En el interior del recipiente había un lirio blanco cortado muy cerca de la flor, y cuyos pétalos estaban manchados de algo que indudablemente, era sangre.
- El agente que recogió la denuncia me comentó que ayer vino otra chica con una situación idéntica. Una caja con un lirio blanco, también ensangrentado. No le dio importancia y no profundizó en el caso al no presentar la joven un sospechoso. Ya nos hemos puesto en contacto con la muchacha. –informó mientras Bruni trataba todavía de encajar piezas en su cabeza.
- Conseguid ese otro lirio y que envíen los dos al laboratorio. Hay que saber a quién pertenece esa sangre. Lo más improbable en este caso -dijo mirando la fotografía del pecho escrito de la segunda víctima, -es que se trate de una casualidad.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

saludos!!

The Kaisher dijo...

Puff, más intriga imposible, cuanto más se sabe del caso, menos se comprende. Me tienes enganchado, como a todos, sigue así.

Carlos dijo...

Te esta quedando muy bien, aunque hay partes que "duelen" un poco jajaja

DaRk EnDoH dijo...

Dios, sólo de pensar que se la ha arrancado con los dientes... Se me ponen los pelos de punta XD
No sé, ahora estoy cada vez más liada, lejos de aclararme dudas con lo que se va descubriendo! Pero así es más interesante que saberlo todo desde el primer momento ^^